La devoción por Santa Ana viene de antiguo, como también de antiguo es la presencia de Santa Ana en nuestro pueblo. La prueba más evidente y con una huella que podemos rastrear, desde la segunda mitad del siglo XVI, a través de toda la Edad Moderna es la reconversión de una antiguo espacio de nuestra iglesia en lugar de enterramiento de los descendientes de un matrimonio villalbero y renombrado como capilla de Santa Ana.
En la segunda mitad del siglo XVI, concretamente en 1574, el provisor de Sevilla le comunica al mayordomo de la fábrica de la iglesia que se le ha adjudicado a un matrimonio de la localidad, el formado por Antón Prieto e Inés de Porras, la capilla que antes era el sagrario viejo.
Este espacio conocido como sagrario viejo estaba situado junto al altar de Nuestra Señora y se le adjudica a este matrimonio para que puedan disponer de él para su enterramiento y el servicio de una capellanía.
Como es evidente esta “transacción” tenía un coste económico. La pareja debía pagar
5.500 maravedís anuales por el espacio, el servicio, o sea los ornamentos, y las fiestas anuales que se celebrasen ahí.
A partir de la ocupación o toma de posesión de este lugar esta capilla comenzó a llamarse capilla de Nuestra Señora de Santa Ana.
Además, la capellanía estaba sujeta a una serie de condiciones: por ejemplo el número de misas, que llegaron a ser una cada día.
También la dotan con 32.000 maravedís anuales, una cantidad importante de dinero para la época y que se financia con un “préstamo” impuesto sobre la villa de Lepe.
Pero lo más importante es que fundan un patronato para dotar a doncellas huérfanas, parientas pobres de los fundadores, a que tomaran estado, es decir casarse o entrar en religión. Unas dotaciones se mantuvieron a lo largo de casi tres siglos.
