Apuntes históricos en torno a la devoción rociera en Villalba del Alcor.
La devoción hacia alguna de las múltiples imágenes que pueblan nuestras iglesias, ermitas, capillas y santuarios es, sin duda, uno de los enigmas más incomprensibles e inexplicables que envuelve el amplio espectro de creencias y dogmas de un católico.
¿Cuál es la razón que explica nuestra elección, sentimiento y pasión por una u otra imagen? Quizás haya que buscar esa explicación en el entorno familiar, en la cercanía geográfica, o simplemente en ese “pellizco”que en un instante te atrapa y te marca para siempre.
Es muy probable que la devoción a la Virgen del Rocío en Villalba del Alcor haya sido a lo largo del tiempo algo puntual, quizás anecdótico o excepcional, hasta la creación de la Hermandad de nuestro pueblo que se encargó, a partir de ese momento, de aglutinar, promover y potenciar la devoción a la patrona de Almonte.
El Rocío, la romería y el comercio
A diferencia de otras localidades de nuestro entorno donde el fervor hacia Nuestra Señora se había visto favorecido por circunstancias puramente geográficas o económicas, la presencia de la Virgen del Rocío en Villalba a lo largo de la historia ha estado limitada a casos puntuales pero que evidencian una presencia real en la vida de nuestro pueblo en los siglos pasados.
Es más que probable que una economía como la nuestra, vinculada desde antiguo a la producción de productos agrícolas, en especial al vino, cuya comercialización por parte de las poblaciones del Condado de Niebla hacía Sanlúcar de Barrameda favorecieron la extensión de esta devoción, no fuera determinante en el arraigo de esta devoción mariana en nuestro pueblo. Villalba, al no ser parte de los Estados de los Medina-Sidonia, enviaba sus productos en los siglos de la expansión devocional rociera, a través del río Guadiamar y posteriormente a través del río Odiel, mantenido nuestro pueblo al margen de esa ruta comercial que con la ermita como elemento central de la ruta hacía la desembocadura del Guadalquivir, convirtió a Santa María de las Rocinas en el mayor referente devocional de toda una comarca.
De cualquier manera, a lo largo de estos últimos siglos siempre hubo vecinos de nuestro pueblo que, de una u otra forma, dejaron constancia de su devoción hacia esta venerada imagen.
Las primeras referencias devocionales a la Virgen del Rocío
Presentamos algunos casos de personas que fueron atrapadas por la imagen marismeña. Diferentes personajes que por distintos motivos fueron atraídos por una fuerza irresistible que los cobijó bajo su manto.
El fervor hacía la Virgen del Rocío viene de antiguo. Ya fuera a través de los vecinos del pueblo que por sus actividades frecuentaban aquellos territorios a los que hacíamos mención más arriba, ya fuera por quienes originarios de Almonte se establecieron en nuestro pueblo y trajeron consigo esta devoción que transmitieron a sus allegados y vecinos, extendiendo su veneración por nuestro pueblo.
Este es el caso de María Fernández que lleva consigo esa devoción cuando desde Almonte, de donde es natural y donde viven sus padres, llega a Villalba casada con un villalbero, Juan Jiménez. El sentimiento hacia la Virgen se manifiesta claramente a la hora de hacer testamento. En marzo de 1602 , tal vez en plena disputa de devociones entre la Virgen de las Reliquias, la Virgen del Carmen (apenas hace 20 años que llegaron los frailes) y la Virgen del Rosario (que si bien está perdiendo el favor de los fieles muy pronto remontará de nuevo para hacerse un hueco en la panoplia de devociones villalberas), establece en su testamento que tras su muerte le digan por su alma tres misas rezadas, una en Nuestra Señora de las Rocinas y otra en Nuestra Señora de las Reliquias desta villa y otra en el convento de Almonte. No solo eso, también le manda a la imagen de Nuestra Señora de las Rocinas un cabezón negro e unos puños e una toca de seda que tengo. Posiblemente, estas fueran algunas de las piezas de vestir más valiosas que tuviera. El cuello o cabezón y las mangas de la camisa guarnecidas o bordadas para embellecerlos eran piezas valiosas que como elementos independientes eran utilizados en ocasiones especiales y por tanto donarlos era un acto de reconocido fervor hacia esa imagen.
Viendo este caso, es muy posible que esta almonteña villalbera transmitiera esta devoción a las personas de su círculo familiar y cercano y que así fuera conocida en nuestro pueblo.
Más de un siglo y medio después nos encontramos con Alonso Cordero un vecino y natural de Villalba del Alcor que en su testamento fechado en 16 de abril de 1773, además de determinar su enterramiento en la capilla de la Encarnación, reservada a la familia de los “Tenorio” (como pariente de ellos), y además de las misas ofrecidas a las imágenes de nuestro pueblo, véase la Virgen del Carmen o la Vera Cruz, también ofrece una misa rezada a devoción y en el altar de Nuestra Señora del Rocío, sita en su ermita del término de la villa de Almonte, y por la limosna que fuere regular con respecto a la distancia de tres leguas que hay desde dicho pueblo a la referida ermita. La descripción es una muestra evidente de que Alonso había visitado este lugar, había estado ante la Virgen en alguna ocasión y conocía el lugar.
Del anonimato a la notoriedad. El sentimiento rociero en el siglo XX.

Foto: Colección particular
Del tercero tenemos algunas referencias más actuales. Volvemos a saltar en el tiempo y nos situamos a finales del siglo XIX. Nos referimos a Nicomedes Carrero Ojeda. Este farmacéutico, licenciado en Granada, ocupó la plaza titular de farmacéutico en Villalba durante los primeros años de la década de 1880 (en 1882 ya aparece como tal en la visita del Delegado de Farmacia a nuestro pueblo). Una plaza, la de farmacéutico titular que había sido creada en junio de 1878 cuando solo existía un pequeño botiquín atendido por la hija de otro farmacéutico (posiblemente se trate de su tía). Finalmente en 1893 rescinde su contrato con el ayuntamiento y se traslada a Almonte. Allí durante los siguientes 8 años, hasta 1907, ejerció su profesión en una casa de la calle Sevilla donde tenía instalada su oficina de botica. Una plaza que obtuvo, probablemente, gracias a las relaciones con la familia Cepeda de tanta influencia en el municipio almonteño (su mujer, Ana Cepeda, era hija de Francisco Cepeda descendiente directo de la rama villalbera).
Durante su estancia en Almonte desarrolló otras actividades además de las propias relacionadas con su profesión. Con una vocación pedagógica (no en vano escribió varios manuales) que se manifestó impartiendo clases particulares a niños de la población a los que enseñaba y ayudaba en las tareas escolares, mantuvo siempre una intensa pasión por la escritura y la creación literaria y buena muestra de ello es su manifiesta devoción a la Virgen del Rocío que desarrolla en un texto donde describe la llegada de la Virgen a Almonte en 1902 y el apasionado recibimiento de quienes son testigos de este acontecimiento. El texto completo (breve) fue publicado en el año 2011 en la Revista Exvoto que edita la Hermandad Matriz de Almonte (Año II Nº 1).
Pero tal vez el aspecto más relevante de su legado, como en los casos anteriores, fue la pasión y el fervor, siempre contenido y en privado, que le inculcó a su hija Carmen durante los años que residieron en Almonte. Una devoción que ella supo transmitir a sus hijos y que, ¿por qué no?, tal vez a un entonces joven vecino, cercano en la distancia y en el sentimiento, que muy pronto se convertiría en todo un referente del sentir rociero de nuestra historia más reciente, nos referimos a don Juan Infante-Galán. Con seguridad ese niño oiría las mismas historias que escucharon los hijos de Carmen acerca de una virgen almonteña que movía corazones y levantaba pasiones. Una niña, esa que aparece en la fotografía a la derecha junto a su padre, que experimentó hace más de un siglo la fuerza de una sentimiento que hoy perdura en el corazón de muchos villalberos.
