Como ya sabrás, el nuevo papa, León XIV, es un religioso agustino que fue prior general de la orden de San Agustín durante más de diez años.
Lo que muchos villalberos no saben es que un hijo de Villalba, agustino como nuestro nuevo papa, desarrolló una intensa vida pastoral, misionera y docente en los años de tránsito entre el siglo XVIII y el siglo XIX.
Nuestro agustino villalbero responde al nombre de Manuel Merchán y sobre él estábamos preparando una semblanza más amplia y documentada pero la ocasión justifica que adelantemos algunos datos obre este personaje.
Pero antes, tenemos que hacer algunas consideraciones en torno a una institución que fue clave para nuestro paisano, el colegio de San Acacio de Sevilla.
Este colegio agustino situado entre las calles Sierpes y Pedro Caravaca (actual sede del Real Círculo de Labradores) ha tenido a lo largo de su historia una particular vinculación con la vida cultural sevillana, lo que lo convierte en un caso singular entre los colegios eclesiásticos de formación superior que existieron en la ciudad.
Dentro del conjunto de colegios desamortizados, San Acacio constituyó un caso especial al no haber tenido uso militar ni haber desaparecido en una de tantas operaciones inmobiliarias, continuando vinculado a actividades culturales de la ciudad. Un hecho reseñable en este aspecto es que alojó la primera biblioteca pública de la ciudad, de mediados del XVIII a principios del XIX.
Esta institución formó parte de la vida de nuestro paisano porque en él llegó a desempeñar el cargo de regente de los estudios del colegio desde 1790, llegando posteriormente a convertirse en rector del mismo.
La semblanza que hace de él J. M. Montero de Espinosa en su obra Antigüedades del convento casa grande de san Agustín de Sevilla y noticias del santo crucifixo que en él se venera (Sevilla, 1817) puede servirnos de punto de partida para conocer a este insigne personaje.
Fr. Manuel Merchán, natural de Villalba del Alcor en el arzobispado de Sevilla, nació el año de 1749, y tomó el hábito y profesó en la casa grande de esta ciudad.
En la misma enseñó filosofía, en cuyo tiempo ocurriendo el capítulo provincial que se celebró en dicho convento el 6 de mayo de 1786, presidido en virtud de comisión por el excelentísimo señor don Alonso Marcos Llanes y Argüelles, arzobispo que fue de esta dicha ciudad, defendió con aplauso el día 9 del mismo mes conclusiones públicas de filosofía moderna, divididas en 331 asertos, que dedicó con su actuante, fray José Govea, en nombre de la provincia, al excelentísimo señor conde de Floridablanca, secretario de estado y del despacho universal de España, las cuales merecieron por su celebridad que el periódico titulado “Memorial literario”, publicado en Madrid en el reinado del señor don Carlos III, hiciesen mención honorífica de ellas en el mes de julio del propio año, proponiéndolas por ejemplo de los progresos que iba haciendo la filosofía en España: después pasó a regente de estudios al colegio de san Acacio, y en el capítulo celebrado en Granada en 1794, fue nombrado vicario del convento de religiosas de su orden de la ciudad de Lucena, donde permaneció con grande aceptación, hasta que electo prior de la casa grande en el capítulo congregado en Córdoba en el de 1802, volvió á Sevilla.
Fue maestro benemérito en su religión, predicador fervoroso y ministro incansable del sacramento de la penitencia. Poseído de un celo apostólico hizo algunas misiones en las cárceles, las que visitaba con frecuencia para consolar y exhortar a aquellos infelices al sufrimiento en sus trabajos, oírles sus confesiones y socorrerles con limosnas, de cuya ocupación piadosa sacó mucho fruto espiritual, siendo al fin víctima de su ardiente caridad, pues padeciéndose en las mismas cárceles calenturas malignas, contrajo la enfermedad y falleció el día 24 de abril de 1805, a los 56 años de su edad, y tercero de su priorato, con general sentimiento.
Está sepultado en un cañón que se fabricó en el claustro principal en el ángulo contiguo a la iglesia. Vivió siempre con opinión de religioso y observante y virtuoso, razón por que el pueblo hizo demostraciones de veneración con su cadáver al tiempo del funeral.
Una ilustrativa descripción biográfica a la que habría que añadir un dato que también resulta de sumo interés y que complementa y agranda la faceta intelectual de este agustino: fue el primer villalbero miembro de la Real Academia Sevillana de las Buenas Letras donde ingresó en 1790 y donde es posible que en alguna de sus reuniones coincidiera con otro onubense, el triguereño Miguel Ignacio Pérez Quintero.
