Santa Águeda ha sido siempre uno de los mayores misterios a los que nos enfrentamos quienes buscamos en la historia razones y motivos que iluminen nuestro pasado, nuestras costumbres, comportamientos, hábitos y tradiciones.
Entre esos grandes interrogantes, no cabe duda de que ocupan un lugar destacado el origen de la devoción a esta santa en nuestro pueblo, quiénes fueron los promotores, impulsores y defensores de su culto, tan exótico en estas tierras, o la ubicación de su ermita, o ermitas, a lo largo de tan vasto periodo de tiempo, desde la llegada de los primeros repobladores allá por el siglo XIII.
Por eso, cualquier atisbo, evidencia o pista que nos ayude a entender su historia, su evolución o sus características son importantes para ir desvelando el misterio.
Sin entrar en valorar una leyenda firmemente enraizadas en el imaginario popular y que es compartida en muchos lugares a lo largo de toda nuestra geografía, nosotros vamos a establecer ciertos hitos de su evolución, aportando algunos datos sobre la ermita que pueden resultar clarificadores a la hora de establecer cierta cronología en este proceso histórico.
El conde de Miranda y la construcción de una nueva ermita
Estamos en el verano de 1635. En una de las habituales reuniones capitulares del ayuntamiento, el gobernador de la villa, Pedro de Avellaneda, presenta una provisión del conde de Miranda emitida en Madrid un mes antes en la que da licencia para que el cabildo de esta villa pueda arrendar las hierbas y con su procedido fabricarse casa de santa Águeda questá comenzada a fabricar en la vega desta villa.
Como dato de interés, debemos decir que 20 años antes un vecino de Villalba llegó a ceder un terreno para que, entre otras cosas se pudiera edificar una nueva ermita, en un lugar que no es el que hoy conocemos. ¿Sería el ruinoso estado de la ermita lo que llevó a este villalbero a proponer la edificación de una nueva ermita en una nueva ubicación?
Pero volvamos al documento anterior que no deja de ser realmente expresivo y aclaratorio. Dice así:
Don Francisco de Zúñiga, Bazán y Avellaneda, conde de Miranda… por cuanto por parte de vos, el cabildo, justicias y regimiento de mi villa de Villalba del Alcor se me ha hecho relación diciendo que en el término de esa dicha villa había una ermita de la advocación de señora santa Águeda, de mucha devoción, a donde acudían todos los vecinos con sus procesiones y rogativas en ocasiones de necesidades y que por ser su fábrica muy antigua y estar mal reparada se había caído, con general desconsuelo vuestro, y que habíades traído la dicha imagen a la parroquia donde a el presente estaba y porque deseabais volver a reedificar la dicha ermita para colocar en ella la imagen con la decencia que era razón y no teníades caudal para comenzar la obra si no es valiéndoos de algunos arbitrios y el que parecía menos perjudicial era el arrendar la hierba de ciertos baldíos para pasto que son propios y de la dicha villa para con lo procedido de lo cual y algunas limosnas se podía comenzar la dicha fábrica, en cuya conformidad me suplicasteis os mandase dar mi licencia y provisión para usar del dicho arbitrio… y, pareciendo ser justa y pía vuestra petición, tengo por bien concederos como en virtud de la presente os concedo, licencia y facultad para que podáis arrendar la hierba de los dichos baldíos para pasto según que va declarado, sin que incurráis en pena alguna por ello. Por tanto, mando a don Pedro de Avellaneda… los dejen libremente usar el dicho arbitrio todo el tiempo que fuere necesario para que la dicha obra según la traza y orden que estuviere dado se acabe, que yo para ello y lo anejo y dependiente de ello, os doy la facultad que puedo de dar.
Una obra que no acaba
Las obras se dilataron bastante tiempo, así lo demuestra la declaración de uno de los regidores que unos años después, en junio de 1638, le propone a este mismo cabildo que por cuanto él tiene dada una casa de morada suya a este concejo en arrendamiento para guardar y en que está guardada la madera que se cortó para la obra de la casa de Santa Águeda que se fabrica en la vega y la dicha casa está ocupada con la dicha madera, pidió se le satisfaga el arrendamiento de la dicha casa.
Siguen pasando los años y la obra no se acaba.
Estamos en 1641, seis años después del inicio del proyecto, y aún se sigue recurriendo a la autorización que había otorgado el conde para costear los gastos de la construcción de la ermita, al menos así lo recoge una de las actas capitulares de aquel año cuando los oficiales del ayuntamiento recordaron como “su excelencia el conde de Miranda, duque de Peñaranda, mi señor, dio provisión para vender las hierbas de la sierra para de su procedido ir fabricando la casa que se está haciendo para la bienaventurada Santa Águeda, acordando que la dicha obra se prosiga con el dicho dinero.
La ermita y el santero
Desconocemos la fecha exacta de la finalización de las obras, pero podemos tener la certeza de que antes de llegar al ecuador del siglo las obras están acabadas.
En un cabildo celebrado en 1649 se propuso que por cuanto la devoción de esta villa es grande con la bienaventurada señora Santa Águeda y siempre se ha tenido y la ha de tener y le ha fabricado una iglesia en el sitio de la vega, término y jurisdicción desta villa a coste de esta concejo y limosnas de vecinos y le hace todos los años una fiesta en su día.
Además, el ayuntamiento ha destinado para el ermitaño que está en la iglesia, un pedazo de tierra que, junto a las limosnas, le ayudarán a vivir.
Por otra parte, los regidores locales declaran que conviene que haya persona que asista y acuda a todo lo necesario de la administración de la dicha iglesia y por el dicho este concejo, como patrono y administrador de la dicha iglesia de señora Santa Águeda nombraron por prioste della a Gonzalo Jiménez, vecino desta villa, clérigo de menores para que como tal lo administre.
Conviene recordar que el santero, según se indica unos años después (1670), tenía obligación de asistir en la dicha ermita a la limpieza de ella y a cuidar de tener luz a la santa y a lo de mayor necesidad de la dicha ermita y que
para mantenerse tiene que dedicar parte de su tiempo a ciertas tareas agrícolas, además de salir a pedir limosna en esta villa y en parte de su comarca… para ayudar a la disposición y limpieza de la dicha ermita y encender la lámpara de ella, de forma que esté con toda decencia.
La precariedad con la que los santeros debían vivir y las necesidades de la ermita, que en esos momentos no contaba con hermandad alguna que pudiera hacerse cargo de los gastos, quedaban a expensas de las limosnas y del cabildo municipal.
Breves pinceladas en torno a una devoción y a un lugar que a lo largo de los siglos ha mantenido el afecto y la veneración hacia nuestra querida y bienaventurada Santa Águeda.
