Suspensión de las fiestas de la cruz de Villalba del Alcor

La amenaza de las epidemias fue un elemento que mantuvo en vilo a la población durante todo el Antiguo Régimen. Y la que más terror producía en la población era la peste. 

Los  territorios afectados por brotes de “contagio” sufrían unas consecuencias que abarcaban todas los ámbitos de la vida. 

Una de las epidemias más catastróficas y conocidas es la que se produjo a mediados del siglo XVII. 

En un contexto de crisis (guerras, malas cosechas, climatología adversa, tensiones sociales) la peste se declaró en la costa mediterránea en el año 1647; dos años después llegó a Sevilla y a todo su territorio.

Las baterías de medidas adoptadas desde las altas esferas reales fueron siempre insuficientes y el verdadero peso de la lucha contra la enfermedad fueron las autoridades locales.

Los concejos fueron los verdaderos “combatientes”, a los que les tocó lidiar con el problema, los que pusieron en marcha medidas destinadas a preservar a la población del contagio y evitar su expansión. 

Entre estas medidas se incluían el “cierre” de las poblaciones, la vigilancia y control de los desplazamientos de las personas, la limpieza urbana, el cuidado de enfermos… y las restricciones de concentraciones de personas en cualquier tipo de actividad. 

Fueron meses muy duros y difíciles que acabaron con miles de muertos (Sevilla perdió casi la mitad de su población) y con una sociedad que tardaría en recuperarse de sus efectos. 

Y Villalba se vio afectada en todos los aspectos, como por ejemplo en el de sus fiestas populares, como las de la cruces de mayo.

En el cabildo celebrado por el ayuntamiento el domingo 1 de mayo del año 1650, los capitulares llegan a una serie de acuerdos, entre ellos, este que sigue:

En este cabildo se propuso que por cuanto Nuestro Padre ha sido servido de dar salud a los vecinos desta villa y que hoy esté buena del contagio que ha padecido tan grande y ha parecido cosa conveniente que por este año se excuse la fiesta que se hace el lunes en la noche víspera de la cruz en las casas y partes públicas particulares. Acordaron y mandaron se pregone en la plaza desta villa que ninguna persona aderece las cruces ni haga fiesta en ninguna parte pública atento a la gente que se junta y congrega de que la inexperiencia ha mostrado los grandes inconveniente para la salud que de las juntas de gentes resultan y han resultado; pena de diez mil maravedís  a quien la hiciera aplicados para los gastos que la villa ha hecho en la curación de los enfermos y diez días de cárcel. 

Parece que ya por entonces el Día de la Cruz (3 de mayo) era motivo de celebración popular dentro y fuera de las casas y junto a esas cruces que lucían por muchos rincones de nuestro pueblo. Las fiestas de la cruz congregaban a los vecinos en unos festejos que en nada tenían que ver con lo que hoy conocemos.

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